En los años sesenta pasaban por nuestra casa distintos vendedores que ofrecían las mil maravillas en cómodos plazos. Mi madre compró de ese modo el primer aspirador, la centrifugadora que, anexa a la primitiva lavadora, escurría la ropa y recogíamos el agua con un cubito, y la enciclopedia El mundo de los Niños. Mis padres la escondían en su armario, detrás de los abrigos, y nos los iban entregando uno a uno aprovechando los cumpleaños y otras ocasiones que lo merecieran. El número uno de la enciclopedia era el dedicado a los más pequeños. El primero que me entregaron. Era un volumen con poemas, acertijos, trabalenguas:

Mi niño se va a dormir con los ojitos cerrados

como duermen los jilgueros encima de los tejados.

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Ese libro me formateó. El ritmo, la rima, la sorpresa, la belleza, la fantasía.

Algunos de esos poemas se verían hoy políticamente incorrectos. Pero fue educación en mayúsculas. 

Es Simón Cachaza un bobalicón

De una calabaza hizo su mansión

Furiosa su esposa le riñe a Cachaza

Y él la mete dentro de la calabaza.

Rebelde como soy, me he estado quejando de los poemas y canciones infantiles que renuncian a la libertad, el riesgo y la provocación en aras de la educación. Canciones infantiles para enseñar como cepillarse los dientes o la obediencia a los semáforos.

Me manifiesto a favor de los cuentos donde los lobos se comen a las abuelitas.

A mis hijos los crié al son de La Pataqueta, Xesco Boix y, en castellano, el memorable disco Cosas de Niños. Hoy ambos son músicos, de los buenos 😉

Y en ello estoy. Creando poemas, cuentos y canciones para niñas y niños. A ver si acierto a plantar unas semillas. El arte es una red para pescar a Dios.

 

Poema del libro Alma de Cántaro

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