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Del libro Alma de cántaro, un hilo.

ALEGRÍA

Cuando vamos a recoger a nuestros niños pequeños a la escuela nos damos cuenta de un hecho extraordinario:

el colapso del tiempo, el destiempo del tiempo.

Ocurre cuando descubren en la puerta de la escuela a una amiguita con la que han estado todo el día.

Es más, estaban juntas dentro de la escuela hasta hace sólo treinta segundos.

Pero la alegría que les invade es notable.

Como si se sorprendieran de verse.

Se gritan por su nombre.

En la calle y con abrigo en lugar de con bata.

Se saludan agitando las manos

con la ventolera emocional que mueve las colas de los perros

Como si ese encuentro estuviera desafiando las leyes de la probabilidad.

Es la alegría del amor la que ha colapsado el tiempo, la que le ha sacado de sus casillas.

Sus miradas se pegan y hay que arrancarlas tironeando fuerte. La mano firme del papá o de la abuela las arrastra hacia otro presente.

Como con nuestro perro.

Igual igual.

Que nos saluda excitado

con una alegría completa que se ríe del tiempo

cuando volvemos a casa treinta segundos después de haber salido porque nos hemos dejado las llaves.

Y nos recibe moviendo imprudentemente la cola

a riesgo de dislocación.

Como la mano viva de un niño despidiéndose del amiguito en la puerta de la escuela.

Y salta y babea. Y a veces hasta se hace pipí de tanto entusiasmo.

Y aprendemos física cuántica.

Que el amor está siempre encendido.

Que cuando nos entregamos al presente

nos embarga y nos transforma.

Que por eso retiramos nuestra atención, por lo mucho que nos toca.

Y nos escondemos en el tiempo.

Entrando y saliendo de ese amor que siempre está pues sería insoportable

tantafelicidadtodaseguida.

Y lo dosificamos.

Y finalmente nos olvidamos

de la alegría del amor que aniquila el tiempo.

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